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Luis Zalamea
El Parque de los Perritos
(Con motivo de cumplir 80 años, el 15 de Marzo de 2001)
 
“Ya habrá tiempo. Ya lo habrá…
tiempo por ti y tiempo para mí,
aun bastante tiempo para mil indecisiones,
y para mil visiones y otras tantas revisiones…”
T. S. Eliot

Es la hora de acudir a la mancha de hierba carmelita
al borde del mar color vino tinto que vislumbró Homero en su ceguera,
allá donde los perros que amamos se juntan al ocaso
a jugar y correr, ladrar y copular en falso,
marcando sus terrenos con chorros de dorada orina
que fulguran en las briznas de hierba bruñidas por el sol:
un santuario consagrado a esos seres puros
que retozan en estado de prístina inocencia.
Sitio bien elegido, de seguro, cuando llegue la hora
de despojarnos de las máscaras que llevamos puestas.
(Cuán injusto que lo que llamamos Dios y nuestros perros no conocen
se haya robado decenios de la vida nuestra
disfrazándonos con profusión de caretas y antifaces
para la gran mascarada humana y luego nos exija
descartarlos justo al borde de lo eterno.)

Máscaras para toda ocasión y decisión y revisión,
Y cada circunstancia, ya sea ceremonial o rutinaria,
máscaras nuevas para cambiar por viejas,
algunas para encerrar en el desván mohoso del recuerdo,
y otras para que floten en las mareas del tiempo.
Casi en la cuna, nos pusimos el antifaz del desencanto
al descubrir quién nos traía juguetes en la Nochebuena,
y luego vinieron las caretas de miedo y resignación
ante los pecadillos de nuestros progenitores
y afrontar la codicia, los celos, la malicia,
las múltiples caretas de hipocresía, adulación y fraude
hechas en el cielo a la medida del infierno
que Sartre sabiamente describió como ‘la otra gente’.
Amén de surtidos antifaces para la seducción y los romances
que no comprenden nuestros perros en su depurada lucidez.

Les puedo asegurar que he lucido incontables caretas y disfraces,
incluso la máscara de hierro de la soberbia literaria
y mil gestos para tolerar a los tontos de nacimiento o profesión,
suficientes fachadas para un millar de circunstancias,
innumerables desenlaces, incluso fines felices a lo Hollywood,
mientras anhelaba el adulterio (mental o consumado),
el homicidio imaginario, hasta el plagio confeso,
más escanfandras para sumirme en las cámaras recónditas de la amada
e imbibir sus efluvios más esquivos.
¡Ah! Y los semblantes para discursos sobre paz y solidaridad humana.
Para no hablar del yelmo contra la mediocridad y sus embates.

¿Cómo descartar mis máscaras, quebrarlas, pulverizarlas, atomizarlas,
para que surja mi rostro verdadero, tan sólo hueso y fibra?
Primero conjurarlas a todas para que comparezcan
al remanso donde nuestros perros amados retozan
en la inocencia del primer día de la creación
entre los rastros del poniente y el mar color vino tinto de Homero.
No tienen ellos antifaz para esconder el terciopelo de su hocico
y enroscarse en la noche a nuestro lado como el cordero
que limpia los pecados del mundo.
Con ellos nos despojaremos de mascaradas y ficciones.
En lo que a mí me toca, ya he logrado algún ‘progreso’,
como dicen por ahí los sabios.
Tiempo há que me deshice de las muecas
de la hipocresía, la intolerancia, el odio,
aunque todavía no aprendo a tolerar los necios.
Me salva, en cambio, del infierno de Sastre, el escaso milagro
de la amistad sin máscara que todo da y nada exige.
Resignado al papel de escritor dominical,
cambio mi penacho de orgullo intelectual
por la facha de abate filosófico,
aunque de mis entrañas broten aires rebeldes
ante la mediocridad que domina el mundo.
Quizás esto también ha de pasar gracias a la ternura y amor de Piruli –
saetica blanca centelleando entre el mar y la hierba.

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